
Olvidar, por un momento, las preocupaciones del trabajo. Tampoco se trata de pensar en todas las labores pendientes por hacer en casa. Acostarse, relajarse y limitarse a escuchar el sonido armónico de la última solución llegada de oriente: los cuencos tibetanos.
En el S. VI a.c. China estaba ya muy avanzada en la manufactura de las aleaciones de metal. Los orientales eran capaces de fabricar campanas perfectamente templadas que, con el paso de los años, se han convertido en un efectivo método curativo frente a la falta de energía y las tensiones.
Desde entonces, esas campanas han evolucionado, y han adoptado la forma de un cuenco que tiene la propiedad de producir diferentes sonidos y vibraciones. También han avanzado en cuanto al material. Ahora, los cuencos tibetanos están compuestos por siete metales: plata, oro, mercurio, estaño, plomo, cobre y hierro. Lo que no ha cambiado ha sido su modo de fabricación, que continúa siendo puramente artesanal.
La vibración
La terapia consiste en un masaje sonoro que se realiza con estos instrumentos metálicos. La técnica es muy sencilla. Basta con hacerlos sonar mediante una baqueta de madera, plástico o cuero que se gira alrededor del borde del cuenco para que genere vibraciones. También es posible efectuar golpes suaves si lo que se desea es producir un único tono.
La cimática
Como todo método curativo basado en el sonido, los cuencos tibetanos se fundamentan en el principio de resonancia. Más en concreto, en la ‘resonancia simpática o solidaria’, que se refiere al hecho de que un objeto vibrante provoque una vibración acompasada en otro, de modo que el índice de vibración de dicho objeto se iguala al índice del primero. Para comprenderlo de un modo gráfico, es lo que ocurre cuando una cantante de ópera, al emitir los sonidos más agudos, es capaz de romper un cristal.
En esto consiste la cimática, que descubrió el científico suizo Hans Jenny en los años 60 y que se basa en lo siguiente. Parte del principio de que toda materia es sonido y emite sonido, aunque la mayoría de éstos se encuentren fuera del alcance del oído humano. Así, nuestros cuerpos físicos y auras son también campos electromagnéticos resonantes, ya que ambos están formados por átomos. El ser humano vibra constantemente: cada parte del cuerpo o chakra tiene su propio índice vibratorio y, precisamente aquí, es donde la cimática asegura que cualquier sonido cercano al organismo del hombre originará un cambio físico en su interior.
Otra parte fundamental de la terapia, directamente relacionada con la cimática, son los armónicos, que son los que generan el timbre característico de los instrumentos. Mediante ellos, podemos hacer resonar frecuencias que ni oímos ni somos capaces de producir. Se genera, así, una agradable sensación de bienestar.
Buen efecto armónico
Toda la teoría de la cimática y la armonía tiene, claro está, una aplicación práctica. Los cuencos se colocan alrededor del cuerpo y se hacen sonar, prestando especial atención a los puntos energéticos o chakras. Los instrumentos metálicos se frotan y golpean con suma delicadeza.
El cuerpo, mientras tanto, experimenta una renovada tranquilidad y paz interior.
El resultado es el alivio del estrés y la ansiedad, el aumento de la concentración y creatividad y también una mejora de la visión.
Oriente asegura que los cuencos restablecen el equilibrio del sistema endocrino, calman la sinusitis y los dolores de cabeza y, además, son capaces de aumentar la energía.
Quién le iba a decir a aquellos orientales que, veinticinco siglos después de que ellos empezaran a fabricar campanas con aleaciones de metal, sus avances iban a ser una de las terapias curativas del s. XXI.
Adiós al estrés: ha llegado el ‘sonido del vacío’ para favorecer al organismo a nivel físico, mental y emocional.
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